Subió las
cosas dos viajes en el ascensor pues llevaba garrafas de agua de seis litros
cada una y las cajas de leche también pesaban bastante. En el último viaje
subió con su vecina cuya puerta daba a la de su piso. En cada planta había cuatro
pisos. Era una mujer que gustaba de saberlo siempre todo y que estaba siempre
chismorreando por las visitas de las novias ocasionales de Cristian Martos. La
nueva era una prepotente rubia y esbelta mujer que sabía la admiración que
levantaba en los hombres y la envidia en las mujeres.
-
¡Vaya!
Si nos hace falta algo ya sabemos dónde pedir si está la tienda cerrada- bromeó
la mujer.
-
Es
mejor comprar lo que se necesita pues este supermercado también está cerrado. Y
en caso que dé algo, lo cobra bastante más caro, señora Lasa- le contestó sin mostrarse
nada divertida con el tono gracioso de su entrometida vecina.
Por fin,
cuando entró en la casa se sintió libre de tanta gente que le hacía sentir mal.
Cristian, guapo pero vacío; y su vecina de al lado una chismosa que se pasaba
el día buscando cotilleos y juzgando a la gente. Decidió ponerse música de
iglesia que le relajase mientras colocaba las cosas. Ella misma sabía que
alguien que almacenaba tanta comida podía ser tomada por loca. Pero era mejor
prevenir y sus víveres eran sólo por un mes. Según bajaban iba reponiendo.
Hacía dos semanas se había roto una tubería en la calle y tuvo que darles a sus
padres dos garrafas hasta que la avería se arregló. De normal almacenaba ocho
garrafas.
Cristian
llegó y enseguida tenía a doña Itziar Lasa comentándole lo agria que era Sofía.
Él escuchó divertido como ponía verde a su vecina favorita. Le llamaba esa
mujer tan peculiar. Bastante suave fue Sofía con su contestación. ¿De verdad
pensaba esa mujer que se creía mejor que nadie por ir a misa y rezar el
rosario que su joven vecina iba a
regalar lo que a ella le costaba dinero? “A pedir a Cáritas, loba”, pensó Cris.
Por la tarde
Sofía estaba en su taller de costura y diseño cuando la nueva conquista de
Cristian, Cintia, entró a la tienda.
-
¡Buenas
tardes! Quiero que me haga un diseño para una celebración especial. Tengo que
decirle a mi novio…
-
Un
momento- le dijo levantando la mano al tiempo para pararle-. Aquí hay un orden
de atención. Ahora estoy con una prueba de un vestido de novia. Se sienta en
uno de esos bancos y espera.
-
Pero
es muy importante- protestó la rubia.
-
No
creo que lo sea tanto. Esta chica se casa dentro de dos semanas y no veo que lo
suyo sea más importante. Siéntese- y le señala un saliente de cemento de la
pared con cojines encima en color beige y rosa pálido.
Cintia tuvo
que resignarse. Sofía volvió al interior del taller donde una joven de unos
veinte años vestía un modelo de novia con un escote parecido al de Bella en la
película de Disney de “La bella y la Bestia” del que colgaban unas flores
azules en pedrería por donde se recogían los pliegues y la falda era de organza
sin el detalle que había arriba. Sofía había convencido a la chica para tener una
falda menos abultada y nada parecida a la de Bella. Con el escote ya estaba
bien cercana a su princesa de Disney. Como el vestido era amarillo habían
elegido un suave color champán con bordados blancos en el cuerpo. Sofía se dio
por satisfecha.
-
Creo
que la próxima semana ya puedes venir a por el vestido.
-
Eres
un genio, Sofía. Reconozco que era una locura vestir como Bella- dijo la chica
sonriente-. Pero has hecho un trabajo fantástico.
-
Cada
cual viste como quiere- le sonrió a la muchacha y luego le indicó que podía
quitarse el vestido y ponerse la ropa normal.
Fuera, una
furiosa Cintia estaba ya nerviosa.
-
Bueno.
Como no te calmes no te atiendo.
-
¡Encima!
¡Tú no sabes con quién te metes!
-
Con
la tía nueva de mi vecino Cristian, ¿adivino?- le contestó cínica.
-
¡Serás
zorra!
-
Si
es por astuta, sí. Pero no metamos a esos bellos animales en la conversación.
Espera que se vaya la novia y que te calmes. No suelo pillar bien lo que me
piden cuando es de malas maneras y nerviosas.
La muchacha
salió de dentro asustada por la conversación. Sacó un sobre con unos billetes
dentro y dijo que el resto lo pagaría la semana siguiente, cuando recogiese el
vestido. Sofía le dijo que no se preocupase. Guardó el dinero tras contarlo y
apuntó la cantidad entregada en un libro con el nombre de la chica.
Cuando se
fue por la puerta fue Sofía la que chilló a la exuberante rubia.
-
Mira
bonita. ¡Última vez que te quiero ver por aquí! Hay muchos talleres en la
ciudad, así que puerta- y le señaló la
salida del local.
-
Tú
te vas a acordar. Cris va a enterarse de esto.
-
¿También
de que querías hacerte un vestido para una ocasión especial?
Sofía la
tenía cogida. Cintia se juró vengarse. Y sí, había muchos talleres; pero ella
era la mejor, por desgracia.
En casa de Cristian su chica se quejaba de cómo le había tratado la
diseñadora. En cierta forma, él agradecía que de vez en cuando alguien le bajase los
humos a su novia. No soportaba esos aires de diva que se daba. Pero al ser
Sofía era un problema que iba a durar bastante. Tenía que hablar con su vecina
y decirle por qué no había atendido a su novia. Otra cosa. ¿A qué había ido
Cintia a la tienda de Sofía?
Marian García Jimeno.