Había hecho cambios en la historia para dejarla más amplia y con un suspense para atarla con la tercera parte; pero ya había ido a varias personas los libros que conseguí recuperar tras el fiasco con la primera editorial y una buena lectora y amiga, entre otras que también se han enganchado con las aventuras de mis ángeles y mis humanos peculiares, me dijo que no la cambiase; que muchas sagas terminaban las novelas sin un suspense y seguían en el nuevo libro.
Lo cierto es que no sé qué escribiré pero ya estoy pensando en hacer una cuarta parte.
Estoy enamorada de mis ángeles.
Aparte, tengo ganas de probar con historias de amor; de terror y una antología de cuentos espirituales o de autoayuda.
Por ahora voy por el capítulo siete ya revisado de la segunda parte al tiempo que escribo la tercera parte de la historia y promociono "Recuerdos perdidos". A veces no sé cómo sé dónde tengo la mano derecha. Reconozco que muchas veces me quedo tonta sin saber que voy a hacer cuando me decido a hacer una cosa. Si es normal. Con la cafetera exprés que tengo por cabeza difícil que no sepa a veces que quiero hacer o me quede en blanco. Nuestro cerebro pide un descanso, aunque no descanse ni cuando estamos dormidos, en realidad.
Os regalo un poco de la tercera parte de la saga:
CAPÍTULO
UNO
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H
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acía tiempo que los hermanos Beltrán no tenían
noticias de sus ángeles guardianes. La última vez les habían dicho que se iban
de vacaciones, pero sabían que eso era una forma de hablar para que ellos
viviesen sin estar acostumbrados a tenerles siempre por ayuda.
Javier sugirió visitar
la casa. Sentía que esta vez sí encontraría a alguien en ella.
Se seguían admirando de
cómo Fabián, por muy ángel que fuese, pudiese subir hasta el último piso del
edificio, una planta dieciocho. Por suerte tenía ascensor. Antes de tocar el
timbre un hombre de rostro conocido les abrió la puerta: era Richard Bertrand,
su antepasado al que primero conocieron como Chipper en sus formas de delfín y
lobo, y sólo Richard lo conoció en su versión de loro parlanchín en su
juventud.
— Esperaba
veros mucho antes— dijo su antepasado. Era raro verlo con forma humana.
Les indicó que pasaran
pues el rellano no era buen sitio para hablar. Dentro una triste, pero siempre
bella Naike, les recibió. Con cierto cariño se abrazó al mayor de los Beltrán.
Con cierto pudor él le abrazó intentando consolarla. Sentía que algo pasaba y
el protagonista era Fabián.
— Bueno,
hermanita. Antes de ponerles al tanto de lo que pasa será mejor servirles algo.
Los Bertrand siempre hemos sido educados con nuestras visitas.
— Sí.
Tengo zumo de frutas en la cocina. Voy a traeros un poco.
— ¡Gracias,
Naike!— dijo un poco aturdido el joven Javier.
Ninguno de los dos
hermanos entendía lo que pasaba.
Antes de que Javier
preguntase algo que le cruzaba por la cabeza, el ángel contestó.
— Ya
que los dos tenemos el mismo nombre deberé utilizar mi segundo nombre, Luc o
Lucien. Richard Lucien Bertrand. No me gusta nada, pero así no habrá
equivocaciones.
— A
mí me gusta Lucien— dijo Naike sonriendo por vez primera mientras servía con
ayuda de Javier en unos vasos de colores el zumo.
— Tú
con tal de cabrearme— contestó con cierto enfado el ángel.
— Luc
es Lucas también. ¿Si te vale?— dijo Richard a su antepasado.
— Me
gusta. Lucien me recuerda a una época que no me gusta recordar.
— ¿Y
dónde está Fabián, si se puede preguntar?— dijo el joven policía.
— No
lo sabemos, pero tememos que esté en una de sus vidas pasadas. En nuestro
descanso en el Jardín de Edén el general Miguel lo apartó para darle una
misión. Aunque el arcángel Gabriel quiso calmarnos, no hemos descansado desde
que regresamos intentando saber algo de él. No sentimos nada. Su aura está
totalmente desaparecida para nosotros; aunque notamos peligro cerca de
nosotros.
— Yo
también he notado algo estos días— dijo Javier—. Incluso he soñado y visto
algunas cosas, aunque no sé interpretar qué es.
— Suelta.
Yo sí puedo interpretarlo— le explicó Luc a su protegido.
Marian García Jimeno.




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