LIBRE, RARA, BELLA.
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El día amaneció
nublado en la ciudad. A veces los rayos del sol se colaban entre las nubes y
los árboles y las zonas verdes de la ciudad recuperaban su tonalidad
apetecible. En la periferia, no lejos de la ciudad, había un grupo de edificios
modernos al lado de una hamburguesería de una cadena bien conocida por su
payaso, una empresa de bricolaje y otros elementos para mayoristas como para
particulares y una escuela con barrotes de colores vivos que dejaban ver a los
niños de la guardería y las primeras clases la calle. Todo luego rodeado de
chalets y adosados de menor tamaño combinados con otros que tenían mayor tamaño
y ático con garaje exterior mientras los primeros tenían resguardados con una
puerta los coches en el interior de la casa.
Sofía vivía
en uno de los pisos que se situaban enfrente a los chalets pequeños en una
tercera planta. Cuando consiguió tener un buen trabajo que le diese libertad
para dejar el adosado en el que vivía con sus padres decidió independizarse. Ya
le tocaba. Había traspasado hacía bastante tiempo los treinta años. Pero estar
tan cerca de la casa no le libraba de las visitas de su controladora madre. Más
de una vez había pensado en cambiar la cerradura o quitarle las llaves que la
mujer tenía por si acaso pasaba algo. Pero una cosa era que las tuviese en caso
de emergencia y otra tenerla cada dos por tres en la casa.
Aquella
mañana tenía fiesta en el trabajo y aprovechó para comprar para todo el mes. Se
hizo una lista grande de cosas, pero necesarias y fue al supermercado más barato
del que era cliente habitual. Tenía varios, pero ese en concreto le hacía
descuentos y le venía bien para la compra mensual. Aunque a veces tuviese que
comprar de más, no era lo habitual.
La cajera le
saludó. Era una chica gordita que siempre veía a la gente llevarse carros
enteros llenos de alimentos y otros productos. Sin embargo, Sofía solía
llenarlo más de comida que de otras cosas. Dejaba los productos de limpieza
para comprarlos sobre la marcha.
-
¡Hola,
Aurora! ¿Hay buenas ofertas?- preguntó.
-
Tú
siempre consigues encontrar ofertas aunque no las haya.
-
Mira
que eres exagerada. Sólo cuido mi economía familiar, pero no soy tan terrible
con los precios. De vez en cuando me doy un capricho.
-
Ya.
Si te veo muchos chocolates y helados- dijo irónica la cajera.
Sofía dejó a
la cajera con su trabajo y fue a coger su compra. Cuando iba a coger unos
paquetes de harina de trigo oyó una voz detrás de ella. Era su vecino Cristian,
un tipo de unos ochenta kilos y metro con setenta o metro con ochenta
centímetros. Era moreno con alguna cana y unos ojos azules que impresionaban a
cualquier mujer. A Sofía le llamaba su belleza varonil, pero su carácter
chulesco no le hacía ninguna gracia. Hacía menso de un mes que él había ido a
vivir al piso de enfrente de su casa y ya habían tenido algún encontronazo.
-
¿Me
dejará algún paquete de harina o piensa vaciar el supermercado?- le preguntó
burlón fijándose en el carro de la compra donde había doce cajas de leche
desnatada y barras de pan congeladas para terminar de hacerlas en el horno.
-
¿También
compra aquí?- preguntó molesta.
-
Yo
también me preocupo de mi economía- le sonrió con picardía.
-
Ya
he terminado- le dijo al coger cuatro paquetes y lo dejó allí maldiciendo habérselo
encontrado.
Como había
dicho a la cajera se hizo con dos tabletas de chocolate amargo de un porcentaje
alto de cacao y unos helados de chocolate negro y nata pequeños tipo Magnum sin
azúcar. Por suerte su vecino seguía comprando, así que pudo irse del
supermercado en su Audi 3 de color negro. Su trabajo como modista y diseñadora
se lo permitía.
Marian García Jimeno.


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