Seguimos sin saber nada de la presentación de Luna Roja en Pamplona, aunque están hablando con la persona que debe decidir poner la fecha de la librería-café Katakrak. Estas librerías me resultan un buen negocio pues mientras tomas algo puedes leer un libro, o al revés. Si me pusiera hoy un negocio sería ese. Cada vez hay más librerías así y pueden tener un lugar de ludoteca para los niños y enseñarles que los libros son más atractivos que los videojuegos, o con juegos de toda la vida: las tres en raya, el parchís, la Oca, el ajedrez (y aquí se pueden organizar campeonatos)... Con los otros también, por supuesto.
Debido a como va el tema del libro y que se acerca la fecha final del contrato con la editorial, sólo espero que los libros contratados se vendan en el tiempo que queda y tengo claro que revisaré la novela o la uniré con la segunda parte e irá a otra editorial. Lo siento mucho, pero me siento frustrada y eso que todas las ventas dicen que les ha enganchado la novela. Pero como dice algo que he leído en Facebook: "La mejor paciencia es seguir haciendo cosas". Así estoy yo sin parar de escribir.
Pero vamos a poner algo de mi novela casi romántica para que veáis cómo la suelo liar.
En el taller de Sofía apareció un hombre musculoso de espaldas
anchas y con el pelo que le quedaba en la cabeza afeitado lo justo para ver el
pelo que todavía le quedaba. Tenía la nariz de boxeador y ojos oscuros. Vestía
de forma informal y con una cazadora vaquera estilo aviador de la II Guerra
Mundial que acrecentaba su atractivo y su aspecto rudo.
-
¿La
dueña dónde está?- preguntó a una sorprendida Silvia. El hombre no le era
desconocido.
-
No
está- le respondió secamente la pelirroja.
-
Mira,
Silvia. Vengo de buenas. ¿Dónde está mi chica?
-
Ya no
soy tu chica- se oyó la voz de Sofía tras abrirse la puerta de la calle-. Ni de
nadie, Patrick. Tengo trabajo, aunque a ti te gustan las mujeres que se quedan
en casa.
-
He
cambiado, nena. Pero si no me das una oportunidad no lo vas a saber.
-
Hombre.
Lo de “nena” es nuevo. Parece que ahora hablas como la gente normal-. Luego
miró a Silvia y le dijo que volviese al trabajo en la trastienda.
La dependienta y el hombre se echaron miradas asesinas. Ninguno de
los dos se caía bien. Pero al hombre le interesaba conseguir una cita con su
antigua novia. Por fin ella cedió, pero lo citó en la cafetería donde solía
coincidir con Cris. Quería estar con un hombre de confianza si iba a estar con
Patrick. En el pasado la fuerza física del hombre la había sufrido ella y
también el maltrato psicológico. Estuvo a punto de cerrar su taller al sentir
que él tenía razón y ella debía ser una aburrida ama de casa sin más
aspiraciones en su vida. Cuando él se fue Sofía suspiró. Esa misma noche debía
hablar con su vecino.
Cuando llegó a su casa por la noche fue a hablar con Cristian.
Cuando la puerta se abrió le recibió Cintia.
-
¿Qué se
le ha perdido por aquí?-preguntó con su tono prepotente la rubia.
-
Sólo
quería decirle a Cristian que mañana puede que ya se arregle la avería y me
sigue debiendo tres garrafas de agua.
-
Yo se
lo diré.
-
Ya veo
que han resuelto sus problemas. Adiós.
-
Cristian
y yo nunca tenemos problemas. Que le quede claro.
Sofía le echó una burlona sonrisa y fue hacia su apartamento. A
fin de cuentas siempre coincidía con Cris en la cafetería, aunque lo que quería
era que él le observase de lejos y no se hiciese el gracioso si Patrick iba a
ir a verla durante el desayuno. Todavía su ex le producía cierto escalofrío que se mezclaba con la atracción
que provocaba en las mujeres por su musculosa figura y su irónica sonrisa. No
quería creer que seguía enamorada del hombre que le hizo llorar tantas veces.
Marian García Jimeno.






