Durante el camino de regreso,
en que condujo él mientras ella estaba en la parte de atrás del vehículo
curando la extraña herida que tenía en el cuello, no hablaron nada. Los dos
estaban tensos. La herida era la marca de unos pequeños incisivos junto con
parte de una marca de dentadura infantil; pero eran los orificios de aquellos
colmillos propios de una criatura pequeña lo que había hecho más daño. Mientras
conducía, a Gabriel le venían recuerdos de su vida pasada como Fabien D’Anjou:
“La
mansión D’Anjou estaba agitada. Las revueltas de los campesinos del Loira y el
levantamiento del pueblo contra los revolucionarios de París era algo que
preocupaba bastante a los habitantes de la casa. Los más mayores habían
prohibido salir a todos por la noche y aquella noche Alain du Florence apareció
exhausto y lleno de terror. Había cabalgado toda la noche desde la mansión
Florence.
-
Tranquilo, hijo- le dijo su
tía Laura Isabella-. Bebe un poco de vino.
-
¿Esto es vino?- preguntó
Fabien-. Es muy espeso. Parece…
-
Calla- se volvió furiosa hacia
su otro sobrino. Tu primo tiene sed.
-
Creo que lo mejor es agua,
tía.
Los ojos de la bella mujer se
encendieron ante tanta interrupción. Jeannette, la madre de Fabien y hermana
mayor de Laura Isabella puso orden.
-
Mi hijo tiene razón. ¡Mozo,
trae agua!- le indicó a un sirviente que ya venía con una bandeja de plata que
traía una jarra y un vaso de cristal labrado en tonalidad azul. La señora de la
casa sirvió a su sobrino Alain un vaso de agua que se bebió de un trago.
-
¿Qué ha pasado para que vengas
en la noche?- preguntó Fabien-. Ya sabes lo peligroso que es con los campesinos
alterados. Y eso que nosotros tenemos buena gente con nosotros- terminó dejando
el vaso en la bandeja que sujetaba el sirviente de unos cincuenta años y
sonriéndole. Fabien era famoso entre sus familiares por su acercamiento a la
servidumbre. Además, donde vivían era una región que iba contra los
levantamientos. Varios habían sido los campesinos que habían ido a luchar contra
Austria en vez de los nobles, cosa que había disgustado al pueblo; pero los D’Anjou eran conocidos por su
animadversión a la Revolución y su amor por la Iglesia Católica, el pueblo y el
Rey Luis XVI. Aunque con su tolerancia
habitual, defendía las ideas de la Ilustración.
-
Beatrice no aparece- dijo
Alain sofocado todavía.
-
Esa chiquilla de nuevo- se
quejó la madre de Fabien-. Seguro que se ha escapado otra vez.
-
No queda otra que ir a
buscarla- señaló Laura Isabella.
-
Voy a ensillar mi caballo.
-
Yo voy contigo, primo- se
levantó de la silla tapizada en la que estaba el agotado Alain.
-
Tú estás agotado, sobrino-
dijo Laura Isabella.
-
Es mejor que vayan los dos-
aconsejó el hombre que había traído el agua antes.
-
Jean-Luc tiene razón- señaló
la madre de Fabien-. Y traedla aquí a esa enana desobediente. Ya es la tercera
vez que se escapa. Aunque siendo Luna llena no es de sorprender.
-
Ensilla dos caballos- le dijo
el joven-. El caballo de Monsieur du Florence estará también agotado. Le habrás
dado bien al pobre animal.
-
Era él o Beatrice, primo.
-
Lo sé. Aunque si fuese de día
y en otros tiempos más tranquilos también azuzarías bien a los caballos.”
-
¡Por fin!- dijo Lucía
aliviada.
-
No ha sido tan terrible. Ya te
he dicho que prefiero andar.
-
¿No será que eres un peligro?
Te has saltado tres semáforos en rojo y no sé cómo no has pillado a esas
monjas. Bueno- se quedó pensando un segundo y rectificó-; porque te grité que
frenases o te las tragabas. La verdad es que para ser un ángel, si es cierto,
lo de cuidar de las monjas no es tu afán.
-
A ellas ya les cuida Dios.
Recuerda que se casan con Jesús.
-
Menos mal que la que no cree
soy yo- dijo con ironía.


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