domingo, 4 de mayo de 2014

RECUERDOS.

Durante el camino de regreso, en que condujo él mientras ella estaba en la parte de atrás del vehículo curando la extraña herida que tenía en el cuello, no hablaron nada. Los dos estaban tensos. La herida era la marca de unos pequeños incisivos junto con parte de una marca de dentadura infantil; pero eran los orificios de aquellos colmillos propios de una criatura pequeña lo que había hecho más daño. Mientras conducía, a Gabriel le venían recuerdos de su vida pasada como Fabien D’Anjou:


La mansión D’Anjou estaba agitada. Las revueltas de los campesinos del Loira y el levantamiento del pueblo contra los revolucionarios de París era algo que preocupaba bastante a los habitantes de la casa. Los más mayores habían prohibido salir a todos por la noche y aquella noche Alain du Florence apareció exhausto y lleno de terror. Había cabalgado toda la noche desde la mansión Florence.
-         Tranquilo, hijo- le dijo su tía Laura Isabella-. Bebe un poco de vino.
-         ¿Esto es vino?- preguntó Fabien-. Es muy espeso. Parece…
-         Calla- se volvió furiosa hacia su otro sobrino. Tu primo tiene sed.
-         Creo que lo mejor es agua, tía.
Los ojos de la bella mujer se encendieron ante tanta interrupción. Jeannette, la madre de Fabien y hermana mayor de Laura Isabella puso orden.
-         Mi hijo tiene razón. ¡Mozo, trae agua!- le indicó a un sirviente que ya venía con una bandeja de plata que traía una jarra y un vaso de cristal labrado en tonalidad azul. La señora de la casa sirvió a su sobrino Alain un vaso de agua que se bebió de un trago.
-         ¿Qué ha pasado para que vengas en la noche?- preguntó Fabien-. Ya sabes lo peligroso que es con los campesinos alterados. Y eso que nosotros tenemos buena gente con nosotros- terminó dejando el vaso en la bandeja que sujetaba el sirviente de unos cincuenta años y sonriéndole. Fabien era famoso entre sus familiares por su acercamiento a la servidumbre. Además, donde vivían era una región que iba contra los levantamientos. Varios habían sido los campesinos que habían ido a luchar contra Austria en vez de los nobles, cosa que había disgustado al pueblo;  pero los D’Anjou eran conocidos por su animadversión a la Revolución y su amor por la Iglesia Católica, el pueblo y el Rey Luis XVI. Aunque  con su tolerancia habitual, defendía las ideas de la Ilustración.
-         Beatrice no aparece- dijo Alain sofocado todavía.
-         Esa chiquilla de nuevo- se quejó la madre de Fabien-. Seguro que se ha escapado otra vez.
-         No queda otra que ir a buscarla- señaló Laura Isabella.
-         Voy a ensillar mi caballo.
-         Yo voy contigo, primo- se levantó de la silla tapizada en la que estaba el agotado Alain.
-         Tú estás agotado, sobrino- dijo Laura Isabella.
-         Es mejor que vayan los dos- aconsejó el hombre que había traído el agua antes.
-         Jean-Luc tiene razón- señaló la madre de Fabien-. Y traedla aquí a esa enana desobediente. Ya es la tercera vez que se escapa. Aunque siendo Luna llena no es de sorprender.
-         Ensilla dos caballos- le dijo el joven-. El caballo de Monsieur du Florence estará también agotado. Le habrás dado bien al pobre animal.
-         Era él o Beatrice, primo.
-         Lo sé. Aunque si fuese de día y en otros tiempos más tranquilos también azuzarías bien a los caballos.”




-         ¡Por fin!- dijo Lucía aliviada.
-         No ha sido tan terrible. Ya te he dicho que prefiero andar.
-         ¿No será que eres un peligro? Te has saltado tres semáforos en rojo y no sé cómo no has pillado a esas monjas. Bueno- se quedó pensando un segundo y rectificó-; porque te grité que frenases o te las tragabas. La verdad es que para ser un ángel, si es cierto, lo de cuidar de las monjas no es tu afán.
-         A ellas ya les cuida Dios. Recuerda que se casan con Jesús.

-         Menos mal que la que no cree soy yo- dijo con ironía.

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