Con una de las bolsas de suero
azul Gabriel curaba las heridas del pecho del chico que estaban cicatrizando
con rapidez. Entre las marcas de los arañazos que Betty había provocado en él
se veía su cruz de tatuada de Caravaca en lado donde se situaba el corazón.
-
Decididamente, este tatuaje te
ha salvado la vida- le decía con voz suave al chico aunque apenas podía oírle
pues estaba todavía en estado de shock y muy aturdido.
En la cocina del apartamento,
más amplia que la del ático, Lucía estaba sentada en la mesa comiendo una
ensalada de fruta con yogur. Su mano iba de vez en cuando al cuello como si le
doliese. Su rostro reflejaba mil preguntas en una. Todavía no entendía como
podía haber estado hablando con Gabriel y de pronto salir de una especie de
trance mientras él ya había bajado con cuatro bolsas más del suero azul.
Gabriel estaba vendando el
pecho del chico tras haberle lavado con el suero y luego se dirigió a la
cocina.
-
¿Todavía te duele?- le
preguntó amable.
-
No entiendo por qué me duele.
Parece como si hubiese estado como una estatua durante un buen rato… ¡Ay! Es
ahora como una picazón caliente- se quejó.
-
Espera- se puso detrás de ella
y tras frotarse las manos las colocó en el cuello masajeándole con suavidad la
nuca.
-
¡Señor, qué gusto! No pares-
le pidió encantada con el masaje.
-
Ya está. No te vayas a
acostumbrar- se burló con una sonrisa en los labios.
-
Ja, ja… ¡Qué risa!- dijo
molesta-. Métete esto en la cabeza. No eres mi tipo.
-
Por eso no pierdo el tiempo-
le contestó mientras cogía una manzana roja de una bandeja de cristal que había
en la encimera de la cocina cerca del frigorífico y se puso a masticarla. El
ruido desvelaba que era una manzana verde y que él tenía una magnífica
dentadura.
-
Voy a ver a Javier. ¿Se llama
así?
Gabriel asintió con la cabeza
mientras no dejaba de masticar.
Cuando ella se fue de la
cocina él tiró los trozos masticados y la manzana al cubo de la basura que
estaba bajo el fregadero. Cerró las puertas a tiempo de que ella lo viera
despreciar la fruta que antes había comenzado a masticar.
-
¿Qué es ese líquido azul?-
preguntó Lucía.
-
Yo le llamo elixir de cielo.
-
¡Será coña!- exclamó.
-
Me encanta tu vocabulario. ¿No
te enseñaron a tener buen vocabulario en la escuela de enfermeras? ¿O tus
padres?
-
Soy huérfana- dijo con
acritud.
-
Me da que no. Tu tono dice que
no es verdad, pero por alguna razón no quieres hablar de tus padres.
-
Vale. Mi madre murió y era
bipolar a lo bestia. Y mi padre nos dejó a los siete años a mí y con dos años a
mi hermano. Y si quieres saber más mi hermano está interno porque es autista.
Es mi única familia.
-
Mmm… Autista- se quedó
pensativo-. Un ángel en la tierra.
El tortazo sonó como si
hubiera sido un aplauso.
-
Déjate de chorradas. Mi
hermano no es un ángel; es un ser que no se entera de nada- le dijo furiosa y
con los ojos húmedos.
-
Vale. No tocaré el tema. Ya
veo que es tabú. Pero tener a una miedosa compañera de piso en lugar de cuidar
de tu hermano no me parece… - ella fue a darle otra bofetada pero él se la paró
en el aire-. Ni se te ocurra. Y pensándolo bien no me sirves como enfermera,
así que vuelve con Patricia que todavía seguirá con el shock en el cuerpo por
ver los restos del chico negro en la morgue del hospital.
-
Yo visito a mi hermano y pago
su internado. Ni se te ocurra juzgarme. Todavía no sé qué narices es ese
líquido y qué hiciste cuando volviste a la nave industrial- decía mientras se
ponía su abrigo-. Tú sí debes ser juzgable si asustaste a esa niña.
-
Creo haberte dicho que
Beatrice es un monstruo. ¡No tienes ni idea de quién es esa niña!
Le abrió la puerta y con la
otra mano que tenía libre le pidió amablemente pero con gesto serio en el
rostro que se fuera.
-
Terminaré por saberlo todo- le
dijo ásperamente.
-
Yo mismo te lo diré cuando
sepa que eres capaz de creer. Pero no te veo muy creyente.
-
Si es en Dios, no.
-
Pues entonces no lo sabrás por
mis labios.


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