domingo, 10 de agosto de 2014

RETOMANDO LA LITERATURA.

Ha pasado tiempo sin escribir. Tiempo en el que he revisado mi novela "Luna Roja" varias veces. Eso de ser tan perfeccionista no siempre es una virtud, sino una enfermedad. Así que la he dejado de mirar pues siempre veo algo que arreglar.
Ya me he puesto una fecha para comenzar con el contrato y su publicación, pues ya estamos cerca de los dos años desde que pedí presupuesto.
He visto otras empresas; pero soy leal a la editorial Punto Rojo que ha cuidado de mí durante este tiempo y me está esperando fielmente. Sé que se llevan su parte; sin embargo, su asesoramiento con respecto a la defensa de mi obra no tiene precio.
La  lealtad es algo que debe existir entre escritor y editor y siento que he caído en buenas manos.
Se me ocurren muchas portadas para la novela; pero últimamente veo una gran Luna llena de color rojizo como en las lunas de verano como buena portada.


Ésta fue la primera idea con mi nombre transformado y poniendo ese guión aristocrático uniendo mis dos apellidos. :) Pero como he escrito arriba, la que aparece en mis visualizaciones es una Luna llena y roja y el título con mi nombre abajo.


Mientras; he comenzado a escribir la segunda parte que se titula "Entre el Cielo y la Tierra". Aunque a saber si cambio el título al final de la novela. Siendo como soy, seguro que sí.
Ayer mismo me inspiró un actor que me gusta desde hace un tiempo y ya tengo un personaje nuevo; yo misma me he creado la ansiedad de ver qué ocurre con su personaje como si, en vez de escribirla, la estuviese leyendo de otro autor.
¡Si es que soy la leche!
Seguiré informando y espero que pronto informe  de la publicación y éxito de mi primera novela y el inicio de la vida que siempre he querido tener. 
Vivir del don que Dios me dio.

Mariangeles García-Jimeno.



domingo, 4 de mayo de 2014

RECUERDOS.

Durante el camino de regreso, en que condujo él mientras ella estaba en la parte de atrás del vehículo curando la extraña herida que tenía en el cuello, no hablaron nada. Los dos estaban tensos. La herida era la marca de unos pequeños incisivos junto con parte de una marca de dentadura infantil; pero eran los orificios de aquellos colmillos propios de una criatura pequeña lo que había hecho más daño. Mientras conducía, a Gabriel le venían recuerdos de su vida pasada como Fabien D’Anjou:


La mansión D’Anjou estaba agitada. Las revueltas de los campesinos del Loira y el levantamiento del pueblo contra los revolucionarios de París era algo que preocupaba bastante a los habitantes de la casa. Los más mayores habían prohibido salir a todos por la noche y aquella noche Alain du Florence apareció exhausto y lleno de terror. Había cabalgado toda la noche desde la mansión Florence.
-         Tranquilo, hijo- le dijo su tía Laura Isabella-. Bebe un poco de vino.
-         ¿Esto es vino?- preguntó Fabien-. Es muy espeso. Parece…
-         Calla- se volvió furiosa hacia su otro sobrino. Tu primo tiene sed.
-         Creo que lo mejor es agua, tía.
Los ojos de la bella mujer se encendieron ante tanta interrupción. Jeannette, la madre de Fabien y hermana mayor de Laura Isabella puso orden.
-         Mi hijo tiene razón. ¡Mozo, trae agua!- le indicó a un sirviente que ya venía con una bandeja de plata que traía una jarra y un vaso de cristal labrado en tonalidad azul. La señora de la casa sirvió a su sobrino Alain un vaso de agua que se bebió de un trago.
-         ¿Qué ha pasado para que vengas en la noche?- preguntó Fabien-. Ya sabes lo peligroso que es con los campesinos alterados. Y eso que nosotros tenemos buena gente con nosotros- terminó dejando el vaso en la bandeja que sujetaba el sirviente de unos cincuenta años y sonriéndole. Fabien era famoso entre sus familiares por su acercamiento a la servidumbre. Además, donde vivían era una región que iba contra los levantamientos. Varios habían sido los campesinos que habían ido a luchar contra Austria en vez de los nobles, cosa que había disgustado al pueblo;  pero los D’Anjou eran conocidos por su animadversión a la Revolución y su amor por la Iglesia Católica, el pueblo y el Rey Luis XVI. Aunque  con su tolerancia habitual, defendía las ideas de la Ilustración.
-         Beatrice no aparece- dijo Alain sofocado todavía.
-         Esa chiquilla de nuevo- se quejó la madre de Fabien-. Seguro que se ha escapado otra vez.
-         No queda otra que ir a buscarla- señaló Laura Isabella.
-         Voy a ensillar mi caballo.
-         Yo voy contigo, primo- se levantó de la silla tapizada en la que estaba el agotado Alain.
-         Tú estás agotado, sobrino- dijo Laura Isabella.
-         Es mejor que vayan los dos- aconsejó el hombre que había traído el agua antes.
-         Jean-Luc tiene razón- señaló la madre de Fabien-. Y traedla aquí a esa enana desobediente. Ya es la tercera vez que se escapa. Aunque siendo Luna llena no es de sorprender.
-         Ensilla dos caballos- le dijo el joven-. El caballo de Monsieur du Florence estará también agotado. Le habrás dado bien al pobre animal.
-         Era él o Beatrice, primo.
-         Lo sé. Aunque si fuese de día y en otros tiempos más tranquilos también azuzarías bien a los caballos.”




-         ¡Por fin!- dijo Lucía aliviada.
-         No ha sido tan terrible. Ya te he dicho que prefiero andar.
-         ¿No será que eres un peligro? Te has saltado tres semáforos en rojo y no sé cómo no has pillado a esas monjas. Bueno- se quedó pensando un segundo y rectificó-; porque te grité que frenases o te las tragabas. La verdad es que para ser un ángel, si es cierto, lo de cuidar de las monjas no es tu afán.
-         A ellas ya les cuida Dios. Recuerda que se casan con Jesús.

-         Menos mal que la que no cree soy yo- dijo con ironía.

jueves, 16 de enero de 2014

LÍQUIDO AZUL.

Con una de las bolsas de suero azul Gabriel curaba las heridas del pecho del chico que estaban cicatrizando con rapidez. Entre las marcas de los arañazos que Betty había provocado en él se veía su cruz de tatuada de Caravaca en lado donde se situaba el corazón.
-         Decididamente, este tatuaje te ha salvado la vida- le decía con voz suave al chico aunque apenas podía oírle pues estaba todavía en estado de shock y muy aturdido.
En la cocina del apartamento, más amplia que la del ático, Lucía estaba sentada en la mesa comiendo una ensalada de fruta con yogur. Su mano iba de vez en cuando al cuello como si le doliese. Su rostro reflejaba mil preguntas en una. Todavía no entendía como podía haber estado hablando con Gabriel y de pronto salir de una especie de trance mientras él ya había bajado con cuatro bolsas más del suero azul.
Gabriel estaba vendando el pecho del chico tras haberle lavado con el suero y luego se dirigió a la cocina.
-         ¿Todavía te duele?- le preguntó amable.
-         No entiendo por qué me duele. Parece como si hubiese estado como una estatua durante un buen rato… ¡Ay! Es ahora como una picazón caliente- se quejó.
-         Espera- se puso detrás de ella y tras frotarse las manos las colocó en el cuello masajeándole con suavidad la nuca.
-         ¡Señor, qué gusto! No pares- le pidió encantada con el masaje.
-         Ya está. No te vayas a acostumbrar- se burló con una sonrisa en los labios.
-         Ja, ja… ¡Qué risa!- dijo molesta-. Métete esto en la cabeza. No eres mi tipo.
-         Por eso no pierdo el tiempo- le contestó mientras cogía una manzana roja de una bandeja de cristal que había en la encimera de la cocina cerca del frigorífico y se puso a masticarla. El ruido desvelaba que era una manzana verde y que él tenía una magnífica dentadura.
-         Voy a ver a Javier. ¿Se llama así?
Gabriel asintió con la cabeza mientras no dejaba de masticar.
Cuando ella se fue de la cocina él tiró los trozos masticados y la manzana al cubo de la basura que estaba bajo el fregadero. Cerró las puertas a tiempo de que ella lo viera despreciar la fruta que antes había comenzado a masticar.


-         ¿Qué es ese líquido azul?- preguntó Lucía.
-         Yo le llamo elixir de cielo.
-         ¡Será coña!- exclamó.
-         Me encanta tu vocabulario. ¿No te enseñaron a tener buen vocabulario en la escuela de enfermeras? ¿O tus padres?
-         Soy huérfana- dijo con acritud.
-         Me da que no. Tu tono dice que no es verdad, pero por alguna razón no quieres hablar de tus padres.
-         Vale. Mi madre murió y era bipolar a lo bestia. Y mi padre nos dejó a los siete años a mí y con dos años a mi hermano. Y si quieres saber más mi hermano está interno porque es autista. Es mi única familia.
-         Mmm… Autista- se quedó pensativo-. Un ángel en la tierra.
El tortazo sonó como si hubiera sido un aplauso.
-         Déjate de chorradas. Mi hermano no es un ángel; es un ser que no se entera de nada- le dijo furiosa y con los ojos húmedos.
-         Vale. No tocaré el tema. Ya veo que es tabú. Pero tener a una miedosa compañera de piso en lugar de cuidar de tu hermano no me parece… - ella fue a darle otra bofetada pero él se la paró en el aire-. Ni se te ocurra. Y pensándolo bien no me sirves como enfermera, así que vuelve con Patricia que todavía seguirá con el shock en el cuerpo por ver los restos del chico negro en la morgue del hospital.
-         Yo visito a mi hermano y pago su internado. Ni se te ocurra juzgarme. Todavía no sé qué narices es ese líquido y qué hiciste cuando volviste a la nave industrial- decía mientras se ponía su abrigo-. Tú sí debes ser juzgable si asustaste a esa niña.
-         Creo haberte dicho que Beatrice es un monstruo. ¡No tienes ni idea de quién es esa niña!
Le abrió la puerta y con la otra mano que tenía libre le pidió amablemente pero con gesto serio en el rostro que se fuera.
-         Terminaré por saberlo todo- le dijo ásperamente.
-         Yo mismo te lo diré cuando sepa que eres capaz de creer. Pero no te veo muy creyente.
-         Si es en Dios, no.

-         Pues entonces no lo sabrás por mis labios.




domingo, 5 de enero de 2014

PRIMER CAPÍTULO de "Luna Roja".

CAPÍTULO PRIMERO.

La noche estaba coronada con una Luna llena entre las nubes que presagiaban un nuevo día nublado y lluvioso. A las doce de la noche la Luna se veía en la ciudad de unas dimensiones impresionantes y embrujadoras. El silencio sólo lo rompían las sirenas de policía, bomberos y ambulancias. A Lucía le parecía que nunca había visto tantas ambulancias en toda su vida de enfermera en el hospital. Por suerte para ella, su turno terminaba y se iba a casa situada en la periferia de la ciudad, al norte de ésta.
El barrio de San Jorge a esas horas estaba transitado por pandilleros, parejas de adolescentes que buscaban sitios donde deshacerse en caricias y, tal vez, algo más; y extranjeros que no siempre habían venido con buenas intenciones a España. Por suerte, la joven de pelo rojizo y grandes ojos azules iba en su propio coche a su casa.
A la salida del último barrio de la ciudad el coche se le paró.
-        ¡Mierda!- exclamó enfadada-. Pero sí tengo el depósito lleno.
Se colocó el chaleco reflectante y salió del coche para ver qué había pasado con desgana. Ya era casi la una de la madrugada y estar en la oscuridad de una carretera sola no lo le hacía ninguna gracia.
-         ¿Tienes algún problema?- oyó detrás suya una voz de niña.
-         ¡Señor, qué susto me has dado!- dijo al ver a la pequeña a su lado.
La pequeña era una niña rubia de preciosos ojos verdes y rizos que tenía dos coletas con un lazo rojo en cada una de sus coletas que hacían tirabuzones. Llevaba un vestido blanco con un cuello de encaje muy bien elaborado y un lazo en la cintura de raso rojo sangre como en su pelo. Sus zapatos eran del mismo color y llevaba unas medias finas de color crema. Tenía cerca de unos diez años, o eso calculó Lucía.
-         ¿Qué haces aquí? No es lugar ni hora para que una niña esté.
-         Me he perdido. Vivo cerca, pero estoy un poco perdida. Las noches de Luna llena soy muy despistada.
-         ¿Y el resto de las noches?
-         Mi hermano no me deja salir. Pero en Luna llena está distraído y me escapo- sonrió con cierta inocencia.
-         Bueno. Este coche no parece que quiera arrancar. ¿Sabes la dirección?
-         No exactamente, pero creo que es por allí-. Señaló un camino de tierra que llevaba a unas naves industriales y que no tenía nada de luz.
-         No tengas miedo. Hay una casa. Y está bien iluminada.
-         ¿Vives en la casa del jardinero?- La sorpresa y el miedo invadió a Lucía.
La casa del jardinero era conocida así porque  años atrás  un jardinero mató a toda la familia de una mansión, incluida su propia familia, antes de suicidarse. Las naves que había antes de llegar a la mansión que debía estar abandonada, no trabajaban más allá del mediodía pues los obreros decían que se oían las voces de los difuntos, entre ellos niños.
Estaba claro que si la niña vivía allí; nada de espíritus. Pero, ¿quién querría vivir en el escenario de un crimen múltiple?
-         Espera que coja mi linterna del coche. Yo no te llevo allí sin luz; antes te llevo a mi casa.
-         Vale. Llévame a tu casa si quieres pero mi hermano estará preocupado.
-         Lo que debes hacer es no escaparte si te lo tiene prohibido.

Comenzaron la ascensión de la pequeña cuesta no sin que Lucía mirase a todas partes y se preguntase por qué la niña no sentía miedo. Aunque todos sabían que los niños no tienen miedo a nada a esa edad.
Siguieron caminando por la oscura senda hasta que vieron las naves en penumbra. Una de ellas tenía luz en su interior y se oía música a gran volumen y risas.
-         ¿Ves como sí hay gente por aquí? Aunque a mi hermano no le hace gracia ver gente por aquí a estas horas.
-         Serán unos chicos. Pero sí; no debes estar andando sola a estas horas con gente o sin gente. Además viviendo por aquí.
Una ráfaga de aire suave cubrió el lugar dejándola a Lucía un extraño sentimiento de paz. Pero la niña se abrazó a la cintura de la joven asustada.
-         ¡Vamos! Corramos hasta mi casa. Creo que nos sigue alguien.
-         ¿Ahora estás llena de miedo?- preguntó extrañada la chica.
-         La chica tiene razón. Llevo rato siguiéndoos- se oyó una voz masculina pero suave detrás de ellas.
Asustada, la niña corrió cuesta arriba mientras Lucía intentaba ordenar sus ideas. Por un lado seguía sintiéndose llena de paz, y por otra parte, quería ir tras la niña para protegerla.
El hombre tenía unos veinticinco o treinta años, de pelo rubio y vestido de blanco de arriba abajo. Su sonrisa era agradable y sus ojos azules expresaban una limpieza de alma casi divina. Tanto era su aspecto de perfecto que parecía un ángel. El color de su mirada parecía el agua de un manantial o del mar caribeño.
-         No te preocupes por la niña. Sabe bien cómo llegar a su casa. Será mejor que vayamos a esa nave para sacar a esos chicos de ahí. Está es una zona peligrosa cuando la Luna está así de llena.
-         Ni que hubiese vampiros- le dijo burlándose de él-. Mejor acompáñeme a mi coche. Esos chicos estarán hasta arriba de droga y paso de esa clase de gente. Porque no vas a ayudarme a comprobar si la niña está bien, ¿verdad?
-         Beatrice está bien. Te lo aseguro- le sonrió.
-         ¿Sabes su nombre?
El joven asintió mientras acompañaba a Lucía hasta su coche en la rotonda donde se había quedado parado. Sin darse cuenta la joven él miró hacia atrás, a la nave, con cierta preocupación.
-         ¡Maldita sea!- murmuró.
-         ¿Qué has dicho?
-         Nada. Ya estamos llegando a tu coche. Parece que está perfecto. Ahora mira a ver si se pone en marcha.
-         ¿Sabías que no arrancaba?
-         No. Pero supongo que sí ha estado tanto tiempo ahí podría alguien haberlo fastidiado. Es un coche apetecible para los gamberros.
Aquella explicación no convenció a Lucía. Parecía que aquel hombre vestido de aquella forma tan poco convencional sabía más de lo que decía. Sólo el hecho de saber el nombre de la niña le resultaba extraño; pero seguía sintiendo paz a su lado; aunque no podía decir que se sintiera atraída por él.

Una pandilla de jóvenes vivía una noche loca entre alcohol, drogas y la música hip-hop a tope. Sabían que por las noches de Luna Llena las naves industriales estaban vacías. Los trabajadores se negaban a estar por allí incluso al mediodía. Eran tres chicos y una chica de unos diecisiete años aproximadamente. La muchacha era rubia con el pelo a rastas y gomas de colores en algunas de ellas. Había un chico rubio que parecía su hermano por la semejanza en el rostro, un chico moreno vestido con pantalones vaqueros a medio caer de su cintura y una cazadora de cuero negra que jugaba con ella pasándose un porro recién liado. El tercero no paraba de reír y era de color.
-         ¿Nos invitáis a la fiesta?- dijo Beatrice con su voz melosa y su cara de niña angelical.
-         ¡Ja, ja! Vete de aquí, enana- dijo el muchacho negro con una risa aguda que dañaba los oídos.
-         Tenéis razón- dijo Alain apareciendo entre las sombras de la entrada a la nave. Hablaba pausado, controlando la voz y mirando con sus claros ojos a la chica sonriente-. Mi hermanita debería ir a casa ya.
El que se parecía a la chica se levantó y fue hacia los dos tambaleándose por el alcohol y los porros fumados. Aún así, parecía poder mantenerse algo en pie.
-         Yo que tú no haría lo que estás pensando- le advirtió divertida Beatrice al chico mientras se colocaba detrás de Alain.
El pálido visitante, de grandes ojos  verdes y un  intenso pelo color azabache, vestía un gabán púrpura y su camisa era de un raso de estampado rojo con cuello de puntillas al estilo neoclásico. Extendió la mano hacia el chico con una sorprendente rapidez  y cogiéndolo del pecho lo lanzó hacia una columna dejándolo inconsciente y soltando sangre de una herida que se había hecho en la sien.
La niña cambió su expresión de ángel por la de una ansiosa pequeña hambrienta. Pero él la detuvo con la palma de su mano-. Tranquila. Todavía no, Betty.
Ella cruzó sus brazos enfadada por tener que esperar. Mientras los chicos alucinaban con aquello e intentaban ayudar a su amigo que yacía muerto en el suelo.
-         ¡Animal! ¡Has matado a nuestro amigo!- dijo el joven negro dispuesto a ir a vengarse.
-         ¡Quietos! No veis que este tipo no es normal. Mirad cómo visten los dos- dijo el joven que había estado acariciando a la chica minutos antes de la entrada de los dos hermanos.
Alain no perdía su sonrisa mientras se encogía de hombros-. C’est la vie, garçon!
Extendió la mano a la muchacha ante la mirada de los dos chicos que veían como ella iba juguetona hacia él.
-         ¡Laura, detente! ¿A dónde vas?- dijo el chico negro-. Tu novia ha perdido el juicio.
-         Tú no te vas a ningún sitio- intentó frenarla el muchacho de pelo negro. Ya era tarde. La chica había cogido la mano de Alain que dijo a la niña, “no te demores”, y se fue de allí entre las sombras.
Los chicos fueron a detener al hombre cuando el rostro infantil soltó un alarido y enseñó unos afilados colmillos.

El sonido de los gritos llegó hasta el coche de Lucía que seguía sin comprender cómo el reloj del auto estaba parado y se había puesto en marcha, pero señalando tres cuartos de hora de diferencia. Tenía el depósito lleno pues había puesto gasolina antes de ir hacia su casa y, tras pedirle a Gabriel que mirase el coche- pues ese era su nombre-, se montó y se fue a su casa. Ella ya estaba dentro del coche cuando los gritos llegaron donde estaban. Pero no oyó nada y se perdió camino de su casa mirando de vez en cuando por el retrovisor. Cuando por fin se perdió de la vista de él, corrió camino arriba hacia la nave. Su traje parecía desprender luz y no parecía necesitar linterna pues todo parecía cubrirse de luz por donde él pasaba. Por fin llegó a la nave para desgracia de Beatrice que disfrutaba de su “cena”.
-         Se acabó el festín- le dijo con voz enérgica-. Vete con tu hermano.
Beatrice estaba devorando parte de un brazo del chico negro. El chico de la columna ya había sido desprovisto de parte de su cara y el novio de la chica estaba en un charco de sangre no muy lejos de ellos con la pierna izquierda fracturada y parte de su pecho con signos de haber peleado con un felino. Sin embargo, eran las uñas de Betty que crecían a voluntad.
-         Alain acabará un día contigo- dijo antes de salir corriendo asustada hacia la mansión con el vestido ensangrentado tras la carnicería que había hecho.
-         Sí. Pero antes acabaré yo contigo, pequeño monstruo.
El rostro del chico de color tenía una expresión de horror por el ataque recibido. El hombre puso sus dedos índice y de corazón de la mano derecha en su frente y cerró con la palma de la otra sus ojos.
-         Que la paz esté siempre contigo y tu nueva vida te traiga el amor que buscaste en esta vida.
Enseguida su rostro pareció lleno de una alegría casi celestial a pesar de la sangre que cubría todo su cuerpo. La misma operación hizo con el muchacho muerto primero y que estaba en una de las columnas de la nave. Cuando se acercó al chico moreno iba a con el mismo fin cuando se sorprendió con alegría-. ¡Está vivo, Señor! ¡Está vivo!
Como pudo sanó con su camisa parte de las heridas y entablilló con una madera que había por allí y rasgando una de las mangas de su camisa la pierna. Con cuidado lo tomó en hombros y bajó la cuesta dejando tras de él todo oscuro e iluminando a sus pasos el camino. En la rotonda no había nadie cuando él bajó a pesar de que poco después sí aparecieron coches.
-         Sería bueno llevarte a un hospital, pero conozco un médico mejor que los de los hospitales para tus heridas. Además de que la policía haría preguntas que no sabrías contestar coherentemente para ellos. Hoy Chipper tiene trabajo. Te va a gustar. A todos les gustan los delfines-. Se quedó pensando unos segundos-. Bueno. A todos menos a los de la familia de Alain y Beatrice du Florence. Lo peor de la época de la Revolución Francesa.

En el centro de la ciudad estaba la vivienda donde llevó Gabriel al chico. Era un edificio con una cúpula en el último piso acristalada y reforzada con hierros que recordaban a las cúpulas de las iglesias románicas. Ese ático y el piso de abajo se comunicaban por una estrecha escalera; aunque para subir al último piso antes del ático era preciso subir por las escaleras si se tenía pulmones y no era habitual, o por el ascensor. A pesar de los catorce pisos y el peso adicional del chico, Gabriel subió por las escaleras sin esfuerzo para evitar a los vecinos. Ya estaba amaneciendo y no quería testigos. Su puerta estaba asegurada con un código cubierto por una cerradura falsa. Levantó la cerradura y puso su dedo índice en una placa luminosa hasta que la puerta de hierro se abrió cerrándose nada más entrar con el chico.
-         Voy a ponerte en manos de Chipper. Has perdido ya demasiada sangre.
Subió unas escaleras de caracol que se perdían por el techo redondeado que bajaba en parte al piso principal. En el ático la forma redondeada del techo del piso de abajo era una piscina donde estaba un hermoso delfín mular que saludó emitiendo un sonido y abriendo su boca sonriente.
-         Chipper, necesito tu sangre; así que no te alegres tanto.
-         Bueno- se oyó una voz chillona del delfín-. Mientras no desangres.
-         ¿Ahora tienes sentido del humor?- le dijo con ironía.
Dejó al chico en la piscina apoyado en el lomo del delfín. El agua no tardó en teñirse de rojo. Eso no pareció gustarle a Chipper. Su mirada era todo un lenguaje para Gabriel que se entendía perfectamente con el mamífero acuático. El chico era sostenido por el delfín mientras éste se deslizaba por la piscina, el joven fue a otro cuarto que era una cocina americana de muebles blancos combinados con algún armario de estilo provenzal en madera de pino blanco. Se dirigió al frigorífico y sacó unas bolsas con un líquido azul plateado parecidas a las que se utilizan para sueros y sangre en los hospitales. Cogió una jeringuilla de gran capacidad para líquido y una aguja larga y bastante gruesa. Antes de cerrar el frigorífico y montar la jeringuilla con la aguja y coger una de las bolsas de “suero” azul brillante una lágrima se le escapó por una de sus mejillas.
-         Déjate de tonterías que ya me pesa y no lo voy a sujetar mucho tiempo.
-         ¡Serás quejica!- le dijo mientras se secaba la cara.
-         Será gracioso el angelito- y luego soltó un chillido en su idioma de delfín de desagrado.
-         Ya estoy aquí, amigo.
Dejó los utensilios en el borde de la piscina y agarró sin esfuerzo al chico hacia  él. Lo subió y lo sacó fuera de la piscina y cuando el delfín se acercó le pinchó con la jeringa en el lomo y le saco toda la sangre que admitía almacenar. Después hincó la aguja en el tapón de la bolsa y mezcló el líquido azul con la sangre del delfín para después utilizarlo limpiando al chico las heridas más graves que estaban en la pierna y en el pecho.
-         Espera que lo lleve a la cama y te limpio la piscina y la herida del pinchazo.
-         Con que me limpies la piscina me vale. No soy un delfín quejica como tú.
-         Yo no soy un delfín.
-         Pero sí un quejica. Un ángel quejica- se elevó sobre su lomo y se
rió-. Parece mentira que te llames como el general de los ángeles- se burló mientras seguía disfrutando de sus juegos acuáticos.



La mañana en el hospital no parecía diferente de cualquier mañana. Lucía estaba en la farmacia cuando sorprendió a Gabriel buscando bolsas de sangre.
-         ¡Pero qué hace!- le dijo tras cerrar la puerta.
-         No es lo que cree. Bueno, tal vez si lo parece- bromeó.
-         Lo cierto es que preciso sangre tipo A positivo para un amigo- le dijo intentando convencerla.
-         O sea, robar.
-         ¿Se acuerda de los chicos de anoche?
Ella asintió con cierto interés.
-         También de que conoce a esa niña y la dejó sola- le espetó molesta.
-         Puede que no me crea, pero mi “amigo” es uno de esos chicos. Tras irse usted fueron atacados por Beatrice y Alain y aunque le he socorrido (y no me faltan recursos como sanador), el chico precisa sangre de su tipo.
-         ¿Y por qué no lo ha traído aquí?
-         Demasiadas preguntas para un chico que no sabrá cómo responderlas.
Se oyó un alboroto fuera y unas mujeres chillando.
-         Pero, ¿qué pasa?- salió esperando que él le siguiera desconfiada.
-         Tranquila. No me llevo nada.
Sin que ella se diese cuenta él había cogido dos bolsas de sangre.
Había en una sala cercana a la morgue una mujer mayor de color junto a una joven de veinte años también de color. Las enfermeras también estaban alteradas, una de ellas, Patricia o Patty, amiga de Lucía estaba desencajada.
-         Si quieres hacerme caso, no entres- le pidió amablemente el joven. Pero la chica entró y al ver al chico negro con el cuerpo destrozado salió tapándose la boca con las manos hasta que no pudo más y en una papelera vomitó. Luego miró a Gabriel y descubrió las bolsas que sobresalían en parte de los bolsillos de su abrigo largo de color blanco.
-         Las necesito y seguro sabes cómo justificarlas. A cambio te dejo que me acompañes. Necesito una enfermera. Yo no soy médico, sólo sé sanar algunas cosas- le ofreció con tal de no perder las bolsas de sangre para el chico.
Lucía pidió un permiso por indisposición junto con Patty. Acompañaron a la compañera de la chica a su apartamento y después fue con él a su enorme piso. El muchacho, Javier, estaba ahora en uno de los dormitorios de la planta baja en vez del ático. La parte sobresaliente y redondeada del techo llamó la atención de la chica y las escaleras que se perdían por él.
-         Muy moderno el piso. Colores blancos y un techo bajo.
-         No te he traído para eso. Acompáñame.


En un gran cuarto con una cama con dosel de uno cincuenta estaba el chico acostado. Tenía sujetos de un palo de gotero una bolsa con el líquido azul brillante y en la parte baja la mitad del líquido de color rojo que no había duda que era sangre. Él saco de su largo abrigo las dos bolsas del grupo sanguíneo A positivo encima de la mesilla cercana al palo de gotero, pues el armario que hacía de cabezal tenía dos mesillas en color beige que combinaban con las ropas de cama blancas.
-         ¿Tienes algo con el resto de los colores? Todo blanco o de color claro- dijo burlona.
-         Haz el favor de hacer tu trabajo. Ponle una de las bolsas de su grupo sanguíneo en su vena- abrió el cajón de la mesilla y allí tenía en bolsas jeringas y agujas nuevas para conectar a la vía que ya tenía en la muñeca cogida.
-         Lo mejor es llevarlo a la clínica.
-         Te he dicho que no está preparado para contestar preguntas.
-         ¿Vas a decirme qué pasó ayer en la nave?, y no me digas que no lo voy a comprender.
Él la miró antes de dejar la habitación para asegurarse de que estaba haciendo lo que le había pedido. Lucía miró con interés la bolsa con el líquido azul y la sangre y en cuanto colocó la primera bolsa de sangre que se habían traído de la clínica fue tras Gabriel.
El hombre se dirigía a las escaleras pues necesitaba más líquido azul. Esperaba no volver a pinchar a Chipper cuando se encontró detrás de él a Lucía.
-         Te he dicho que te quedes con el chico.
-         No hasta que me digas que es esa cosa azul que parece purpurina para fiestas- se cruzó de brazos en posición de no moverse de ahí hasta no obtener respuestas.
-         ¡Escucha!... – dejó de echarle la bronca cuando la vio rígida como una estatua.
Se dio la vuelta y vio a quien sabía era la causante de aquello. Una espectacular mujer rubia de pelo larguísimo y ondulado vestida con una túnica vaporosa de gasa con bordados en forma circular e hilo brillante blanco. Sus grises ojos eran impactantes y tenía unos labios rojos sin necesidad de maquillaje. Como única joya tenía un anillo con tres círculos concéntricos en plata y azul celeste.
Ella se acercó y acarició la cara de Lucía que no se movió ni hizo ningún gesto.
-         Guapa. Siempre son guapas. Pero espero no te ocurra lo de siempre, Gabriel. ¿O has vuelto a ser Fabien D’Anjou? Espero que no. Esa guerra debes dejarla para otros.
-         Yo sólo sé cómo vencerles.
-         Te recuerdo que Beatrice es… Era- rectificó- tu prima. Ella decidió su destino.
-         Era una niña imprudente.
-         ¿Noto compasión en tus palabras?- preguntó cínica.
-         En absoluto. Por culpa de ella toda la familia cayó en desgracia.
-         Tú no. Elegiste en el último momento.
Se fue caminando lentamente bordeando a Lucía y mirándola mientras seguía hablando con Gabriel.
-         Fabien decidió matarse antes de pisar el infierno; y se te dio una oportunidad como ángel. Recuérdalo, Gabriel. Fabien ya está muerto y nació Gabriel Jonathan. Haz honor al nombre del general Gabriel que te acogió en tus últimos minutos de vida como hombre.
-         ¿Y vas a ser tú quien acabe con ellos?- preguntó incrédulo.
-         Somos ángeles guardianes. Así que olvida esa guerra familiar.
-         ¿Y de quién eres ángel guardián tú?
-         De ti, Gabriel.
Miró a la joven y le dijo a él que no se preocupase en coger elixir de ángel que la chica no se movería hasta que bajase él. Poco después se esfumó en una nube dorada de polvo de estrellas.