CAPÍTULO PRIMERO.
La noche estaba coronada con
una Luna llena entre las nubes que presagiaban un nuevo día nublado y lluvioso.
A las doce de la noche la Luna se veía en la ciudad de unas dimensiones
impresionantes y embrujadoras. El silencio sólo lo rompían las sirenas de
policía, bomberos y ambulancias. A Lucía le parecía que nunca había visto
tantas ambulancias en toda su vida de enfermera en el hospital. Por suerte para
ella, su turno terminaba y se iba a casa situada en la periferia de la ciudad,
al norte de ésta.
El barrio de San Jorge a esas
horas estaba transitado por pandilleros, parejas de adolescentes que buscaban
sitios donde deshacerse en caricias y, tal vez, algo más; y extranjeros que no
siempre habían venido con buenas intenciones a España. Por suerte, la joven de
pelo rojizo y grandes ojos azules iba en su propio coche a su casa.
A la salida del último barrio
de la ciudad el coche se le paró.
- ¡Mierda!- exclamó enfadada-. Pero sí tengo el
depósito lleno.
Se colocó
el chaleco reflectante y salió del coche para ver qué había pasado con desgana.
Ya era casi la una de la madrugada y estar en la oscuridad de una carretera
sola no lo le hacía ninguna gracia.
-
¿Tienes algún problema?- oyó
detrás suya una voz de niña.
-
¡Señor, qué susto me has
dado!- dijo al ver a la pequeña a su lado.
La pequeña era una niña rubia
de preciosos ojos verdes y rizos que tenía dos coletas con un lazo rojo en cada
una de sus coletas que hacían tirabuzones. Llevaba un vestido blanco con un
cuello de encaje muy bien elaborado y un lazo en la cintura de raso rojo sangre
como en su pelo. Sus zapatos eran del mismo color y llevaba unas medias finas
de color crema. Tenía cerca de unos diez años, o eso calculó Lucía.
-
¿Qué haces aquí? No es lugar
ni hora para que una niña esté.
-
Me he perdido. Vivo cerca,
pero estoy un poco perdida. Las noches de Luna llena soy muy despistada.
-
¿Y el resto de las noches?
-
Mi hermano no me deja salir.
Pero en Luna llena está distraído y me escapo- sonrió con cierta inocencia.
-
Bueno. Este coche no parece
que quiera arrancar. ¿Sabes la dirección?
-
No exactamente, pero creo que
es por allí-. Señaló un camino de tierra que llevaba a unas naves industriales
y que no tenía nada de luz.
-
No tengas miedo. Hay una casa.
Y está bien iluminada.
-
¿Vives en la casa del
jardinero?- La sorpresa y el miedo invadió a Lucía.
La casa del jardinero era
conocida así porque años atrás un jardinero mató a toda la familia de una
mansión, incluida su propia familia, antes de suicidarse. Las naves que había
antes de llegar a la mansión que debía estar abandonada, no trabajaban más allá
del mediodía pues los obreros decían que se oían las voces de los difuntos,
entre ellos niños.
Estaba claro que si la niña
vivía allí; nada de espíritus. Pero, ¿quién querría vivir en el escenario de un
crimen múltiple?
-
Espera que coja mi linterna
del coche. Yo no te llevo allí sin luz; antes te llevo a mi casa.
-
Vale. Llévame a tu casa si
quieres pero mi hermano estará preocupado.
-
Lo que debes hacer es no
escaparte si te lo tiene prohibido.
Comenzaron la ascensión de la
pequeña cuesta no sin que Lucía mirase a todas partes y se preguntase por qué
la niña no sentía miedo. Aunque todos sabían que los niños no tienen miedo a
nada a esa edad.
Siguieron caminando por la
oscura senda hasta que vieron las naves en penumbra. Una de ellas tenía luz en
su interior y se oía música a gran volumen y risas.
-
¿Ves como sí hay gente por
aquí? Aunque a mi hermano no le hace gracia ver gente por aquí a estas horas.
-
Serán unos chicos. Pero sí; no
debes estar andando sola a estas horas con gente o sin gente. Además viviendo
por aquí.
Una ráfaga de aire suave
cubrió el lugar dejándola a Lucía un extraño sentimiento de paz. Pero la niña
se abrazó a la cintura de la joven asustada.
-
¡Vamos! Corramos hasta mi
casa. Creo que nos sigue alguien.
-
¿Ahora estás llena de miedo?-
preguntó extrañada la chica.
-
La chica tiene razón. Llevo
rato siguiéndoos- se oyó una voz masculina pero suave detrás de ellas.
Asustada, la niña corrió
cuesta arriba mientras Lucía intentaba ordenar sus ideas. Por un lado seguía
sintiéndose llena de paz, y por otra parte, quería ir tras la niña para
protegerla.
El hombre tenía unos
veinticinco o treinta años, de pelo rubio y vestido de blanco de arriba abajo.
Su sonrisa era agradable y sus ojos azules expresaban una limpieza de alma casi
divina. Tanto era su aspecto de perfecto que parecía un ángel. El color de su
mirada parecía el agua de un manantial o del mar caribeño.
-
No te preocupes por la niña.
Sabe bien cómo llegar a su casa. Será mejor que vayamos a esa nave para sacar a
esos chicos de ahí. Está es una zona peligrosa cuando la Luna está así de
llena.
-
Ni que hubiese vampiros- le
dijo burlándose de él-. Mejor acompáñeme a mi coche. Esos chicos estarán hasta
arriba de droga y paso de esa clase de gente. Porque no vas a ayudarme a
comprobar si la niña está bien, ¿verdad?
-
Beatrice está bien. Te lo
aseguro- le sonrió.
-
¿Sabes su nombre?
El joven asintió mientras
acompañaba a Lucía hasta su coche en la rotonda donde se había quedado parado.
Sin darse cuenta la joven él miró hacia atrás, a la nave, con cierta
preocupación.
-
¡Maldita sea!- murmuró.
-
¿Qué has dicho?
-
Nada. Ya estamos llegando a tu
coche. Parece que está perfecto. Ahora mira a ver si se pone en marcha.
-
¿Sabías que no arrancaba?
-
No. Pero supongo que sí ha
estado tanto tiempo ahí podría alguien haberlo fastidiado. Es un coche
apetecible para los gamberros.
Aquella explicación no
convenció a Lucía. Parecía que aquel hombre vestido de aquella forma tan poco
convencional sabía más de lo que decía. Sólo el hecho de saber el nombre de la
niña le resultaba extraño; pero seguía sintiendo paz a su lado; aunque no podía
decir que se sintiera atraída por él.
Una pandilla de jóvenes vivía
una noche loca entre alcohol, drogas y la música hip-hop a tope. Sabían que por
las noches de Luna Llena las naves industriales estaban vacías. Los
trabajadores se negaban a estar por allí incluso al mediodía. Eran tres chicos
y una chica de unos diecisiete años aproximadamente. La muchacha era rubia con
el pelo a rastas y gomas de colores en algunas de ellas. Había un chico rubio
que parecía su hermano por la semejanza en el rostro, un chico moreno vestido
con pantalones vaqueros a medio caer de su cintura y una cazadora de cuero
negra que jugaba con ella pasándose un porro recién liado. El tercero no paraba
de reír y era de color.
-
¿Nos invitáis a la fiesta?-
dijo Beatrice con su voz melosa y su cara de niña angelical.
-
¡Ja, ja! Vete de aquí, enana-
dijo el muchacho negro con una risa aguda que dañaba los oídos.
-
Tenéis razón- dijo Alain
apareciendo entre las sombras de la entrada a la nave. Hablaba pausado,
controlando la voz y mirando con sus claros ojos a la chica sonriente-. Mi
hermanita debería ir a casa ya.
El que se parecía a la chica
se levantó y fue hacia los dos tambaleándose por el alcohol y los porros
fumados. Aún así, parecía poder mantenerse algo en pie.
-
Yo que tú no haría lo que
estás pensando- le advirtió divertida Beatrice al chico mientras se colocaba
detrás de Alain.
El pálido visitante, de
grandes ojos verdes y un intenso pelo color azabache, vestía un gabán
púrpura y su camisa era de un raso de estampado rojo con cuello de puntillas al
estilo neoclásico. Extendió la mano hacia el chico con una sorprendente rapidez
y cogiéndolo del pecho lo lanzó hacia
una columna dejándolo inconsciente y soltando sangre de una herida que se había
hecho en la sien.
La niña cambió su expresión de
ángel por la de una ansiosa pequeña hambrienta. Pero él la detuvo con la palma
de su mano-. Tranquila. Todavía no, Betty.
Ella cruzó sus brazos enfadada
por tener que esperar. Mientras los chicos alucinaban con aquello e intentaban
ayudar a su amigo que yacía muerto en el suelo.
-
¡Animal! ¡Has matado a nuestro
amigo!- dijo el joven negro dispuesto a ir a vengarse.
-
¡Quietos! No veis que este
tipo no es normal. Mirad cómo visten los dos- dijo el joven que había estado
acariciando a la chica minutos antes de la entrada de los dos hermanos.
Alain no perdía su sonrisa
mientras se encogía de hombros-. C’est la vie, garçon!
Extendió la mano a la muchacha
ante la mirada de los dos chicos que veían como ella iba juguetona hacia él.
-
¡Laura, detente! ¿A dónde
vas?- dijo el chico negro-. Tu novia ha perdido el juicio.
-
Tú no te vas a ningún sitio-
intentó frenarla el muchacho de pelo negro. Ya era tarde. La chica había cogido
la mano de Alain que dijo a la niña, “no te demores”, y se fue de allí entre
las sombras.
Los chicos fueron a detener al
hombre cuando el rostro infantil soltó un alarido y enseñó unos afilados
colmillos.
El sonido de los gritos llegó
hasta el coche de Lucía que seguía sin comprender cómo el reloj del auto estaba
parado y se había puesto en marcha, pero señalando tres cuartos de hora de
diferencia. Tenía el depósito lleno pues había puesto gasolina antes de ir
hacia su casa y, tras pedirle a Gabriel que mirase el coche- pues ese era su
nombre-, se montó y se fue a su casa. Ella ya estaba dentro del coche cuando
los gritos llegaron donde estaban. Pero no oyó nada y se perdió camino de su
casa mirando de vez en cuando por el retrovisor. Cuando por fin se perdió de la
vista de él, corrió camino arriba hacia la nave. Su traje parecía desprender
luz y no parecía necesitar linterna pues todo parecía cubrirse de luz por donde
él pasaba. Por fin llegó a la nave para desgracia de Beatrice que disfrutaba de
su “cena”.
-
Se acabó el festín- le dijo
con voz enérgica-. Vete con tu hermano.
Beatrice estaba devorando
parte de un brazo del chico negro. El chico de la columna ya había sido
desprovisto de parte de su cara y el novio de la chica estaba en un charco de
sangre no muy lejos de ellos con la pierna izquierda fracturada y parte de su
pecho con signos de haber peleado con un felino. Sin embargo, eran las uñas de
Betty que crecían a voluntad.
-
Alain acabará un día contigo-
dijo antes de salir corriendo asustada hacia la mansión con el vestido
ensangrentado tras la carnicería que había hecho.
-
Sí. Pero antes acabaré yo
contigo, pequeño monstruo.
El rostro del chico de color
tenía una expresión de horror por el ataque recibido. El hombre puso sus dedos
índice y de corazón de la mano derecha en su frente y cerró con la palma de la
otra sus ojos.
-
Que la paz esté siempre
contigo y tu nueva vida te traiga el amor que buscaste en esta vida.
Enseguida su rostro pareció
lleno de una alegría casi celestial a pesar de la sangre que cubría todo su
cuerpo. La misma operación hizo con el muchacho muerto primero y que estaba en
una de las columnas de la nave. Cuando se acercó al chico moreno iba a con el
mismo fin cuando se sorprendió con alegría-. ¡Está vivo, Señor! ¡Está vivo!
Como pudo sanó con su camisa
parte de las heridas y entablilló con una madera que había por allí y rasgando
una de las mangas de su camisa la pierna. Con cuidado lo tomó en hombros y bajó
la cuesta dejando tras de él todo oscuro e iluminando a sus pasos el camino. En
la rotonda no había nadie cuando él bajó a pesar de que poco después sí aparecieron
coches.
-
Sería bueno llevarte a un
hospital, pero conozco un médico mejor que los de los hospitales para tus
heridas. Además de que la policía haría preguntas que no sabrías contestar
coherentemente para ellos. Hoy Chipper tiene trabajo. Te va a gustar. A todos
les gustan los delfines-. Se quedó pensando unos segundos-. Bueno. A todos
menos a los de la familia de Alain y Beatrice du Florence. Lo peor de la época
de la Revolución Francesa.
En el centro de la ciudad
estaba la vivienda donde llevó Gabriel al chico. Era un edificio con una cúpula
en el último piso acristalada y reforzada con hierros que recordaban a las
cúpulas de las iglesias románicas. Ese ático y el piso de abajo se comunicaban
por una estrecha escalera; aunque para subir al último piso antes del ático era
preciso subir por las escaleras si se tenía pulmones y no era habitual, o por
el ascensor. A pesar de los catorce pisos y el peso adicional del chico,
Gabriel subió por las escaleras sin esfuerzo para evitar a los vecinos. Ya
estaba amaneciendo y no quería testigos. Su puerta estaba asegurada con un
código cubierto por una cerradura falsa. Levantó la cerradura y puso su dedo
índice en una placa luminosa hasta que la puerta de hierro se abrió cerrándose
nada más entrar con el chico.
-
Voy a ponerte en manos de
Chipper. Has perdido ya demasiada sangre.
Subió unas escaleras de
caracol que se perdían por el techo redondeado que bajaba en parte al piso
principal. En el ático la forma redondeada del techo del piso de abajo era una
piscina donde estaba un hermoso delfín mular que saludó emitiendo un sonido y
abriendo su boca sonriente.
-
Chipper, necesito tu sangre;
así que no te alegres tanto.
-
Bueno- se oyó una voz chillona
del delfín-. Mientras no desangres.
-
¿Ahora tienes sentido del
humor?- le dijo con ironía.
Dejó al chico en la piscina
apoyado en el lomo del delfín. El agua no tardó en teñirse de rojo. Eso no
pareció gustarle a Chipper. Su mirada era todo un lenguaje para Gabriel que se
entendía perfectamente con el mamífero acuático. El chico era sostenido por el
delfín mientras éste se deslizaba por la piscina, el joven fue a otro cuarto
que era una cocina americana de muebles blancos combinados con algún armario de
estilo provenzal en madera de pino blanco. Se dirigió al frigorífico y sacó unas
bolsas con un líquido azul plateado parecidas a las que se utilizan para sueros
y sangre en los hospitales. Cogió una jeringuilla de gran capacidad para
líquido y una aguja larga y bastante gruesa. Antes de cerrar el frigorífico y
montar la jeringuilla con la aguja y coger una de las bolsas de “suero” azul
brillante una lágrima se le escapó por una de sus mejillas.
-
Déjate de tonterías que ya me
pesa y no lo voy a sujetar mucho tiempo.
-
¡Serás quejica!- le dijo
mientras se secaba la cara.
-
Será gracioso el angelito- y
luego soltó un chillido en su idioma de delfín de desagrado.
-
Ya estoy aquí, amigo.
Dejó los utensilios en el
borde de la piscina y agarró sin esfuerzo al chico hacia él. Lo subió y lo sacó fuera de la piscina y
cuando el delfín se acercó le pinchó con la jeringa en el lomo y le saco toda
la sangre que admitía almacenar. Después hincó la aguja en el tapón de la bolsa
y mezcló el líquido azul con la sangre del delfín para después utilizarlo
limpiando al chico las heridas más graves que estaban en la pierna y en el
pecho.
-
Espera que lo lleve a la cama
y te limpio la piscina y la herida del pinchazo.
-
Con que me limpies la piscina
me vale. No soy un delfín quejica como tú.
-
Yo no soy un delfín.
-
Pero sí un quejica. Un ángel
quejica- se elevó sobre su lomo y se
rió-. Parece mentira que te llames como el general de los ángeles- se burló
mientras seguía disfrutando de sus juegos acuáticos.
La mañana en el hospital no
parecía diferente de cualquier mañana. Lucía estaba en la farmacia cuando
sorprendió a Gabriel buscando bolsas de sangre.
-
¡Pero qué hace!- le dijo tras
cerrar la puerta.
-
No es lo que cree. Bueno, tal
vez si lo parece- bromeó.
-
Lo cierto es que preciso
sangre tipo A positivo para un amigo- le dijo intentando convencerla.
-
O sea, robar.
-
¿Se acuerda de los chicos de
anoche?
Ella asintió con cierto
interés.
-
También de que conoce a esa
niña y la dejó sola- le espetó molesta.
-
Puede que no me crea, pero mi
“amigo” es uno de esos chicos. Tras irse usted fueron atacados por Beatrice y
Alain y aunque le he socorrido (y no me faltan recursos como sanador), el chico
precisa sangre de su tipo.
-
¿Y por qué no lo ha traído
aquí?
-
Demasiadas preguntas para un
chico que no sabrá cómo responderlas.
Se oyó un alboroto fuera y
unas mujeres chillando.
-
Pero, ¿qué pasa?- salió
esperando que él le siguiera desconfiada.
-
Tranquila. No me llevo nada.
Sin que ella se diese cuenta
él había cogido dos bolsas de sangre.
Había en una sala cercana a la
morgue una mujer mayor de color junto a una joven de veinte años también de
color. Las enfermeras también estaban alteradas, una de ellas, Patricia o
Patty, amiga de Lucía estaba desencajada.
-
Si quieres hacerme caso, no
entres- le pidió amablemente el joven. Pero la chica entró y al ver al chico
negro con el cuerpo destrozado salió tapándose la boca con las manos hasta que
no pudo más y en una papelera vomitó. Luego miró a Gabriel y descubrió las
bolsas que sobresalían en parte de los bolsillos de su abrigo largo de color
blanco.
-
Las necesito y seguro sabes
cómo justificarlas. A cambio te dejo que me acompañes. Necesito una enfermera.
Yo no soy médico, sólo sé sanar algunas cosas- le ofreció con tal de no perder
las bolsas de sangre para el chico.
Lucía pidió un permiso por
indisposición junto con Patty. Acompañaron a la compañera de la chica a su
apartamento y después fue con él a su enorme piso. El muchacho, Javier, estaba
ahora en uno de los dormitorios de la planta baja en vez del ático. La parte
sobresaliente y redondeada del techo llamó la atención de la chica y las
escaleras que se perdían por él.
-
Muy moderno el piso. Colores
blancos y un techo bajo.
-
No te he traído para eso.
Acompáñame.
En un gran cuarto con una cama
con dosel de uno cincuenta estaba el chico acostado. Tenía sujetos de un palo
de gotero una bolsa con el líquido azul brillante y en la parte baja la mitad
del líquido de color rojo que no había duda que era sangre. Él saco de su largo
abrigo las dos bolsas del grupo sanguíneo A positivo encima de la mesilla
cercana al palo de gotero, pues el armario que hacía de cabezal tenía dos
mesillas en color beige que combinaban con las ropas de cama blancas.
-
¿Tienes algo con el resto de
los colores? Todo blanco o de color claro- dijo burlona.
-
Haz el favor de hacer tu
trabajo. Ponle una de las bolsas de su grupo sanguíneo en su vena- abrió el
cajón de la mesilla y allí tenía en bolsas jeringas y agujas nuevas para
conectar a la vía que ya tenía en la muñeca cogida.
-
Lo mejor es llevarlo a la
clínica.
-
Te he dicho que no está
preparado para contestar preguntas.
-
¿Vas a decirme qué pasó ayer
en la nave?, y no me digas que no lo voy a comprender.
Él la miró antes de dejar la
habitación para asegurarse de que estaba haciendo lo que le había pedido. Lucía
miró con interés la bolsa con el líquido azul y la sangre y en cuanto colocó la
primera bolsa de sangre que se habían traído de la clínica fue tras Gabriel.
El hombre se dirigía a las
escaleras pues necesitaba más líquido azul. Esperaba no volver a pinchar a
Chipper cuando se encontró detrás de él a Lucía.
-
Te he dicho que te quedes con
el chico.
-
No hasta que me digas que es
esa cosa azul que parece purpurina para fiestas- se cruzó de brazos en posición
de no moverse de ahí hasta no obtener respuestas.
-
¡Escucha!... – dejó de echarle
la bronca cuando la vio rígida como una estatua.
Se dio la vuelta y vio a quien
sabía era la causante de aquello. Una espectacular mujer rubia de pelo
larguísimo y ondulado vestida con una túnica vaporosa de gasa con bordados en
forma circular e hilo brillante blanco. Sus grises ojos eran impactantes y tenía
unos labios rojos sin necesidad de maquillaje. Como única joya tenía un anillo
con tres círculos concéntricos en plata y azul celeste.
Ella se acercó y acarició la
cara de Lucía que no se movió ni hizo ningún gesto.
-
Guapa. Siempre son guapas.
Pero espero no te ocurra lo de siempre, Gabriel. ¿O has vuelto a ser Fabien
D’Anjou? Espero que no. Esa guerra debes dejarla para otros.
-
Yo sólo sé cómo vencerles.
-
Te recuerdo que Beatrice es…
Era- rectificó- tu prima. Ella decidió su destino.
-
Era una niña imprudente.
-
¿Noto compasión en tus
palabras?- preguntó cínica.
-
En absoluto. Por culpa de ella
toda la familia cayó en desgracia.
-
Tú no. Elegiste en el último
momento.
Se fue caminando lentamente
bordeando a Lucía y mirándola mientras seguía hablando con Gabriel.
-
Fabien decidió matarse antes
de pisar el infierno; y se te dio una oportunidad como ángel. Recuérdalo,
Gabriel. Fabien ya está muerto y nació Gabriel Jonathan. Haz honor al nombre
del general Gabriel que te acogió en tus últimos minutos de vida como hombre.
-
¿Y vas a ser tú quien acabe
con ellos?- preguntó incrédulo.
-
Somos ángeles guardianes. Así
que olvida esa guerra familiar.
-
¿Y de quién eres ángel
guardián tú?
-
De ti, Gabriel.
Miró a la joven y le dijo a él
que no se preocupase en coger elixir de ángel que la chica no se movería hasta
que bajase él. Poco después se esfumó en una nube dorada de polvo de estrellas.